Por Rolando F. Lara.
Cuando hablamos de independencia,
pensamos en lo que hemos logrado en independencia de decisión, independencia de
pensamiento, y en si tenemos realmente la deseada independencia económica, pero
no pensamos en la independencia real, de lo que hemos aprendido, de que hacemos
por costumbre lo que según creemos “debe ser”, es decir, no pensamos en la
también deseable independencia de nuestros hábitos, de nuestros impulsos, de la
parte no presente de nuestra naturaleza humana. Así reaccionamos con coraje
ante una descortesía, o con indignación ante un error.
Sin embargo, en ocasiones nos
encontramos realizando repetidamente cosas que no deseamos, como errores o
equivocaciones, o intentando hacer actividades o actitudes que no hemos logrado
desarrollar, como una nueva visión ante los problemas o alimentarnos mejor o
hacer ejercicio.
Nos enfrentamos a hábitos que quisiéramos erradicar o hábitos que desearíamos adquirir.
Nos enfrentamos a hábitos que quisiéramos erradicar o hábitos que desearíamos adquirir.
¿En dónde queda entonces nuestra independencia?
Con poca satisfacción sólo nos queda aceptar
que algo o mucho de independencia hemos perdido en favor de nuestros hábitos, y
cuando encontramos que más del 80% de lo que “decidimos” diariamente, son
conductas que repetimos por nuestros hábitos, es decir, que de las miles de
decisiones que ostentamos tomar a diario sólo decidimos realmente cerca del 20%
de ellas, caemos en cuenta de la dependencia que tenemos de nuestros hábitos, y
no nos es nada satisfactorio.
Sentimos un poco como perder nuestra libertad, como que actuamos automáticamente cuando desearíamos creer que estamos decidiendo.
Sentimos un poco como perder nuestra libertad, como que actuamos automáticamente cuando desearíamos creer que estamos decidiendo.
Pero los hábitos son parte de la
conducta y del aprendizaje, sea éste deliberado o no.
Repetimos lo que deseamos aprender
hasta que logramos ejecutarlo con la maestría que buscamos, es decir, hasta que
lo integramos a nuestros hábitos. Y aprendemos sin querer o sin darnos cuenta, conductas
que luego repetimos inconscientemente y después luchamos por evitar.
El problema está en llegar a un punto en que los hábitos controlen nuestra vida y podamos sentirnos hasta esclavos de ellos.
El problema está en llegar a un punto en que los hábitos controlen nuestra vida y podamos sentirnos hasta esclavos de ellos.
¿En qué momento los hábitos toman
control de nuestra vida? ¿En qué momento perdemos nuestra independencia?
Es triste admitirlo, pero cuando
perdemos la consciencia del momento presente, de lo que estamos haciendo, de
las intenciones reales de nuestras acciones, de darnos cuenta cuando
reaccionamos impulsivamente, es cuando cedemos el control de nuestra vida a los
hábitos, a lo irracional, a lo impulsivo, a nuestras reacciones aprendidas.En su lugar podemos tomar realmente las decisiones desde una intención conocida, aceptada responsablemente, desde una reflexión profunda fundamentada en lo que sabemos que es correcto y lo que buscamos, actuar desde una decisión firme y completa con una visión de todos los efectos en nuestro horizonte.
Entender los hábitos es conocernos un
poco más, es tener la oportunidad de retomar el control de nuestra vida hasta
donde esto sea posible, es crecer en el auto respeto y con él en el auto
concepto, es desarrollar la valía de uno mismo, y estar preparados para
enfrentar los retos y tomar los riesgos que la vida nos presenta.
Identificar los hábitos que nos son
constructivos y los que nos son destructivos será el primer paso, luego
tendremos que entender la construcción del hábito y el proceso de su cambio y
posteriormente tomar las acciones conducentes a lo que deseamos lograr.
Pronto hablaremos de este proceso.
Un abrazo.
Rolando F. Lara



No hay comentarios:
Publicar un comentario