Como la ola, conservamos el hábito de salir de la inmensidad a
la que pertenecemos, buscando con curiosidad lo desconocido, lo que no es de
nuestro ambiente, pero que llama nuestra atención, creyendo descubrir algo
nuevo mejor que la inmensidad de la que somos parte y que vibra en nuestra naturaleza.
Muchas de las olas, salen a la costa rompiendo su cresta y
regresan a la inmensidad de la que son parte en forma inmediata, reconocen su
estado y su ilimitable interior, se convencen con agilidad de su naturaleza.
Otras, salen con mayor fuerza y en su espontaneidad, efímera
pero impetuosa, se estrellan explotando contra los riscos que desean saltar en
la costa y regresan convencidas o resignadas a la inmensidad del mar que las
acoge.
Pero hay otras, que se montan en huracanes o tempestades, en
una asociación violenta y agresiva, y escapan del lecho marino para llegar
hasta lugares que por su situación no permiten su regreso al mar. Entonces,
estas olas, deberán pasar por otra experiencia, dolorosa pero de gran
aprendizaje. Deberán ser evaporadas por el sol dejando parte de sí en la tierra
y purificarse en la volatilización para formar nubes y ser arrastradas sin
control por el viento, que las empujará a otros destinos, que las llevará a viajar
y conocer otras lejanías, a vivir otras experiencias, a observar otras formas
de contemplar la inmensidad y darse cuenta de que su naturaleza no ha cambiado
aunque cambie su forma. Después de ese viaje, en el que añorarán su vida, y
buscarán reencontrar su camino, deberán transformarse de nuevo, ahora en lluvia. Unas de ellas podrán participar en el
crecimiento de bosques y florestas que alberguen fauna maravillosa, o regar campos
de cultivo con el sentido mayor de alimentar a hombres y mujeres, y más tarde ser
arrastradas como ríos hasta el mar. Otras, vagarán hasta que oportunamente
lloren en lágrimas de gozo el encuentro fabuloso de su regreso al mar, al fin
su retorno a la inmensidad, a la inmensidad de la que son parte. Y la
inmensidad esplendorosa de donde salieron les dará la bienvenida, gustosa de
recuperar la ola perdida.
Al final todos, como la ola, regresamos a la inmensidad a la
que pertenecemos y que forma parte de nuestra naturaleza. Esa inmensidad que en
su infinita potestad está contenida en cada una de sus partes, y así también
está contenida en cada uno de nosotros, y nos reconoce al regresar. Al final,
lo importante es reconocer esta naturaleza propia e inconmensurable y caminar
con ella todos los caminos en conexión con ese infinito, y al definir qué tipo
de ola hemos decidido ser y qué sentido le damos a nuestra experiencia, vemos
también el camino de regreso a esa infinitud, la inmensidad contenida en
nuestro interior y de la cual formamos siempre parte inexorable.
Un inmenso abrazo.
Rolando F. Lara E.



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