Rara vez te
preguntas si el amor de Mamá ha sido aprovechado por ti sin derrochar lo que
has recibido. ¿Es esto posible?
Los
sacrificios de una Madre, son muy grandes. Desde la concepción, el nacimiento, la infancia, la juventud del hijo.
Por toda su
vida y hasta que ella parte de este mundo, ella realiza sacrificios por el hijo,
muchos de ellos dolorosos en lo físico y en lo emocional, a veces ocultando su
congoja y aún en su propia enfermedad, sigue luchando por el bienestar y la
formación de quien más ama: el hijo a quien le dio la vida.
Ha
convertido sus renuncias en felicidad cuando ve los resultados en la sonrisa
del niño, en gran alegría con la satisfacción del joven, en propio orgullo al
observar los caminos del hijo adulto. Ha
entregado su amor en forma de atenciones y angustias, y ha cometido errores,
siempre con la intención de lograr lo mejor para el hijo.
Todas esas
experiencias de Mamá las vivió también el hijo desde otra visión, con una
participación complementaria. Ella aprendió con esa experiencia y gozó con la
entrega de su vida. ¿Aprendió el hijo de la misma experiencia? ¿Ha tomado
consciencia de esos sacrificios a veces dolorosos mostrados con alegría y una sonrisa?
Tal vez sí,
ojalá, porque qué desperdicio de amor, qué tan malgastado sería, si el hijo no
logró aprender de la experiencia de la madre, sobre todo cuando ésta fue
dolorosa y de penas. Qué derroche de angustia y de amor, si el hijo no se dio
cuenta, si todo lo vio “muy natural” y no aprendió lo que debía aprender para
agradecer y crecer con esa experiencia.
Y tú, ¿Has
malgastado el amor de Mamá?



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